martes, 20 de agosto de 2013

EL ILUSIONISTA

Ahora que la tecnología digital abruma en cada nuevo filme de animación estrenado, ya sea Pixar, Disney o Dreamworks, sorprende, y agrada, la vocación clásica de un título como El ilusionista (L'illusionniste, Sylvain Chomet, 2010), y no sólo por recuperar la animación convencional, con su calidez característica, también por convertir en protagonista al legendario Jacques Tati, un cartoon humano en sus propias producciones cinematográficas, y por arriesgarse con una tierna historia no carente de tristeza y nostalgia y alejada del trepidante actioner en que se ha convertido el antiguo cine "de dibujos animados". Encantado con El ilusionista traigo aquí a colación este texto que publiqué previamente en el nº 19 de Revista de Cine (UNED, Soria, 2012).



EL ILUSIONISTA (2010)
LA OTRA HIJA DEL MAGO 

La labor del crítico de cine consiste en orientar al espectador y formarle mediante los conocimientos que aquel atesora tras años de estudio y experiencia. Para lo cual, una parte importante de la opinión del profesional reside en contextualizar el objeto de análisis. En el caso de El ilusionista este cometido resulta especialmente controvertido, pues destapa uno de los secretos familiares mejor guardados por el cineasta galo Jacques Tati (1907-1982), autor del guión original en el que se basa este film dirigido por su compatriota Sylvain Chomet años después de haber sido escrito.


En 1959 Tati gana el Oscar a la mejor película extranjera con Mi tío (Mon oncle, 1958), una de las diversas obras maestras que jalonarán su breve filmografía como director. Se halla, pues, en la cumbre de su atípica carrera, reconocido y laureado a nivel mundial merced al extraño humor que destilan sus películas, vehículos mediante los cuales observa perplejo el devenir ridículo de una sociedad absurda. En esos años, sin embargo, el antiguo negocio del show business, con el music hall a la cabeza (entorno artístico del que procedía el propio Tati) cede ante el impulso de la nueva cultura de masas: irrumpe el rock and roll, cambiando la visión del entretenimiento, y todo lo anterior queda relegado al olvido. Es decir, el concepto previo del espectáculo, ejercido sobre las tablas durante décadas, en cafés y teatros, comienza a desaparecer bajo el influjo de la modernidad. Tati, entristecido por esta circunstancia, escribe un guión donde refleja su nostalgia de los "buenos tiempos", aquellas épocas en las que los artistas fascinaban a niños y mayores con su espectáculo de variedades. Libreto que, por diversas razones, no se lleva a la pantalla.


Mas Tati esconde un secreto: muchos años atrás, en la Francia ocupada de la II Guerra Mundial, ha tenido un romance con su partenaire artística, Herta Schiel, con quien comparte escenario en el Lido de París. El fruto de esta relación es una hija, para cuya paternidad el entonces joven actor no se siente preparado. Insta así a firmar a la madre un documento que le libere de toda responsabilidad sobre el retoño, ofreciéndole a cambio a la mujer una suma de dinero. El contrato se consuma. Pero la noticia trasciende el ámbito de lo privado y, ante la repulsa de sus compañeros de gira, Tati decide huir ocultándose en Berlín durante algún tiempo. A su regreso a Francia el fugitivo rehúye las capitales y ejerce su arte en provincias, hasta que todo se olvide.
Pero su hija, Helga Marie-Jeanne Schiel, cuya madre muere, vive un calvario que la lleva hasta un orfanato en el norte del continente africano. Durante años intenta contactar con su padre, sin éxito. Tati, mientras tanto, alcanza la fama y resulta inaccesible. Al poco de abandonar a Herta se ha casado con Micheline Winter y tiene ya dos hijos, Sophie y Pierre, su familia oficial.


Pues bien, aquel guión que nunca llegó a ver la luz fue entregado por la hija legítima del cineasta a Sylvain Chomet, cuando éste la visitó con idea de solicitar su permiso para incluir una secuencia de Día de fiesta (Jour de fête, 1949), primera película de su padre, en su opera prima, el film de animación Bienvenidos a Belleville (Les triplettes de Belleville, 2003). A raíz de este contacto, ambos, Chomet y Sophie Tatischeff (apellido real de Tati), fabularon con la posibilidad de convertir en imágenes aquel libreto de 30 páginas repleto de descripciones y sin apenas diálogos, que narraba la especial relación de afecto surgida entre un antiguo mago de vaudeville y la humilde muchacha que le acompañará en sus últimas actuaciones. «Sophie no quería que fuera una película con actores, porque no le gustaba la idea de un actor de carne y hueso "pasando" por Tati. En cambio, hacerla en animación le pareció perfecto» (1), comentaría Chomet. No obstante, la amable hija del genial cineasta fallecería cuatro meses después. Y siete años más tarde El ilusionista vería la luz. Sophie siempre pensó que aquella adolescente triste e ingenua protagonista del guión paterno era un reflejo de ella misma y la forma en que su padre quiso pedirle perdón por desatenderla durante sus interminables rodajes. Sin embargo, ¿no es más hermoso imaginar que la jovencita protagonista fuese la hija abandonada, y que el texto surgiese del remordimiento y la pena que el cómico hubiera podido sufrir durante décadas? Según los hijos de la desaparecida y nunca reconocida Helga así sería, y en enero de 2011, poco después del estreno de la película, se manifestaron en este sentido molestos al comprobar que el film se hubiera dedicado a la memoria de su "tía" Sophie Tatischeff...


Como indicaba al principio, contextualizar es, en este caso, importante, pues El ilusionista cobra un nuevo significado a la luz de tan amarga historia. ¿Quién es realmente la muchacha huérfana que trabaja en la humilde pensión donde se aloja el mago en horas bajas, y a quien este termina tratando como a una hija, escapando ambos para vivir los rigores del invierno del music hall?
El ilusionista es mucho más que un sombrío melodrama con tiernas dosis de humor puesto en imágenes mediante técnicas clásicas de animación, pues Chomet ha adecuado su película (a partir de un grafismo delicado, cálido, evocador, conscientemente alejado del marchamo tecnológico a lo Pixar) al estilo particular del cine de Tati, surgiendo de este modo un intenso homenaje al cineasta, tanto en el contenido como en la forma: «Me puse a revisar su obra, película por película, con idea de analizar su estilo en detalle [...]. El estilo de Tati es inconfundible y bien conocido. Cámara fija y a distancia, grandes encuadres, la lente colocada a una altura menor a dos metros, de tal manera que los pies de los actores suelen aparecer en cuadro. Es un estilo que por sus características remite tanto al teatro como a la pintura» (2). Y sin obviar algo que resulta fundamental en la obra de Tati, la utilización de sonido y diálogos fundiéndolos en un todo diegético donde la gestualidad sustituye a la palabra: «Aquí la incomunicación es bien concreta, ya que el mago y la niña hablan idiomas distintos. Encima, ella ni siquiera habla inglés, sino gaélico. Así que el diccionario de bolsillo con el que el mago anda de aquí para allá no le sirve de mucho. Dada esta complicación de lenguaje, encaré la película como si se tratara de un musical» (3).
Todo ese derroche de sensibilidad (que no sensiblería, de la que huye, como el propio cine de Tati), ¿hallará en los encallecidos públicos de hoy en día su destinatario adecuado? En cualquier caso, conocer la obra del inmenso Jacques Tati, ahora que está disponible en formato DVD, se antoja vital para comprender muchas de las claves de esta película.
Y háganme un favor: repasen el magnífico estudio que Ángel García Romero le dedicó al cineasta en el nº 13 de la estupenda publicación Revista de Cine (UNED, Soria, 2006).



Notas
1.- Michel Brocca: entrevista a Sylvain Chomet en www.pagina21.com (23-12-2010).
2.- Op. cit. nº 1.
3.- Op. cit. nº 1.

EL ILUSIONISTA (L'illusionniste, 2010)
Francia / Reino Unido. 80 minutos
D: Sylvain Chomet. P: Sally Chomet y Bob Last para Django Films, Ciné B y France 3 Cinema. G: Sylvain Chomet, adaptado del guión original de Jacques Tati. M: Sylvain Chomet. Mo: Sylvain Chomet. Dis. prod.: Bjarne Hansen.
CAST (voces): Jean-Claude Donda (Tatischeff, el ilusionista), Eilidh Rankin (Alice), Duncan MacNeil, Raymond Mearns, James T. Muir, Tom Urie, Paul Bandey.

jueves, 23 de mayo de 2013

ENTREVISTA A CARLOS AGUILAR



EL ABISMO DEL MIEDO: INDAGAR EN MARIO BAVA
UNA ENTREVISTA A CARLOS AGUILAR 

Cada nuevo libro de Carlos Aguilar supone un acontecimiento de primer orden para cualquier lector mínimamente interesado en el mundo del Cine. Y lo es incluso destacando sobre el grueso de ediciones que, sin pausa, se publican en España, en ocasiones sin excesivo rigor ni mayor criterio selectivo. En cualquier caso, pocos son los autores consagrados al sector cinematográfico que convoquen, como Aguilar, tanta expectación en torno a sus obras. A la exquisita selección de temas adjunta un estilo personalísimo, magnético, traducido en un goce superior para sus lectores. Es un hecho: nadie puede señalar un libro de Carlos Aguilar aburrido, torpe o flojo; por el contrario, es sencillo hallar en su vasta producción literaria trabajos pioneros y arriesgados, por ende valiosos en su ánimo por destacar temáticas y cineastas poco frecuentados, de los que el autor extrae admirables lecciones de Cine.
Mario Bava, publicado por Cátedra (editorial que conoce diversos y excepcionales libros del autor editados bajo su sello: Sergio Leone, Clint Eastwood, Jesús Franco, la mítica Guía del Cine...), se mueve, de nuevo, en esos parámetros de excelencia. Su lectura descubre en Bava un hombre de cine sensible y creativo, hoy día no tan recordado como debiera, capaz de plasmar en pantalla las turbulencias del alma humana mediante fascinantes y apasionados relatos de Horror. Una carrera la de Bava relativamente breve, pues abarca poco más de quince años, periodo sin embargo fructífero en obras maestras y títulos inolvidables, que ayudaron a cimentar el maravilloso orrore all'italiana, del que el cineasta transalpino fue pionero junto con su colega Riccardo Freda. Si bien Bava le otorgó continuidad y carta de nobleza.
La lectura de este libro me ha subyugado desde la primera a la última línea, por la fluidez de su estilo literario, el implacable ritmo narrativo, por la incisiva disección de su cine mediante un espíritu crítico que demuestra cariño en el acercamiento a sus largometrajes, pero también riguroso análisis y un conocimiento amplísimo de la obra y circunstancias del cineasta.
Me ha resultado, por lo tanto, imposible contener la tentación de conversar con Carlos Aguilar sobre este magnífico trabajo suyo. Os traslado, sin más dilación, algunas de sus impresiones y reflexiones acerca del cine del genial Mario Bava.


Es inaudito que en España, salvo artículos ocasionales, jamás se haya editado una obra monográfica consagrada al gran Mario Bava, hasta que Cátedra y tú decidisteis afrontar este libro. ¿En tan poca consideración se le ha tenido aquí a Bava? Porque en el extranjero, sobre todo en Francia, ha sido al revés.

Por desgracia, no es para asombrarse. Culturalmente hablando, España jamás ha tenido la menor consideración por los géneros, ni en literatura siquiera, se estimaba que sólo eran un entretenimiento banal para gente cuya cabeza, o gusto, no daba para más. Francia, por el contrario, siempre ha sido avanzada en ese sentido. Quizá debido a su secular esnobismo, que, por negativo que sea, sobre el papel, ha propiciado, en la realidad, diversos efectos positivos, sin ir más lejos éste. No olvidemos que, en el campo específico del género fantástico, Francia alumbró la primera revista cinematográfica especializada, la mítica antología de relatos de Roger Callois que tanto surtió a las posteriores, etc., en una época, los primeros años sesenta, en que el resto del mundo se pitorreaba a mandíbula batiente de los géneros, sobre todo el Terror, salvo contadísimas excepciones. Por fortuna, el panorama en España ha ido cambiando mucho en los últimos quince años, y Cátedra no me puso mayor objeción al libro, les pareció correcto que Bava figurase en su colección "Cineastas". Al igual que cuando propuse a Jesús Franco, poco tiempo atrás, o Sergio Leone, hace ya más de veinte años.

El componente sensorial de la obra de Bava ya era patente desde su primer título, pero alcanza el paroxismo con La frusta e il corpo (1963), donde prácticamente se prescinde de argumento, casi incluso de personajes, para entregarse a la pura abstracción... El resultado es una película especialísima, imposible de hacer hoy día pero muy arriesgada incluso en su momento. ¿Cómo encaja una película así dentro del cine escapista y de género de la época?

—Se podía hacer. Bastaba con que perteneciera a un tipo de cine más o menos tipificado y en boga, como era el terror gótico, y que el presupuesto no excediera lo que se gastaba normalmente en esos casos. Incluyéndose en un contexto contrastado y favorable, el cineasta tenía cierto margen de maniobra.


Conociste a John Phillip Law, actor carismático que encarnó a Diabolik, ambos, el profesional y el ser de ficción, elevados hoy a la categoría de Culto. Tanto el actor como su personaje parecen compartir la pureza de una cierta "inocencia". ¿Cuánto de Law piensas que había en su Diabolik? ¿Crees que esa sinergia Bava supo verla y fomentarla en el film?

Pues está bien observado, porque John, que era muy buena persona, esto de entrada, era una especie de "eterno adolescente". Pese a que su vida fue novelesca y trepidante, repleta de viajes y amores, siempre estaba dispuesto a recomenzar, como si no escarmentase, por así decirlo, de tan positivo que era, o inocente, como bien dices. El personaje de Diabolik, visto por Bava, es una especie de semidiós helénico, en cuanto a guión, pero personificado por John es como un niño indeleble que no quiere dejar de serlo, un Peter Pan pérfido que juega a ser malo entre adultos sofocados por sus desvelos a favor o en contra de la ley. Bava a buen posible captó esa ósmosis para aunar actor y personaje, con ese sexto sentido increíble que tenía.

El propio Bava solía comentar, casi como disculpándose, que su especialización en el Fantástico se debió a la pura casualidad. Sin embargo, sus intentos en otros géneros (el western, la comedia más o menos erótica...) distan bastante de sus logros en el fantastique. Con la perspectiva que tienes sobre su obra, ¿crees que hubiera sido Bava un realizador recordado fuera de este género?

Pienso que no. El talento, enorme y genial, que encerraba Bava únicamente podía canalizarse, desarrollarse dentro del género fantástico debido a sus propiedades específicas. En otros, quedaría fuera de lugar, salvo en la aventura más o menos delirante y desatada; es decir, en su díptico vikingo, que es magnífico, ¡cuando lo revisé para el libro no recordaba yo hasta qué punto! 


En el libro comentas que a partir de cierto momento Bava es vilmente traicionado por la propia industria del cine italiana que tanto le debía. Y eso cuando él ya había demostrado con brillantez sus capacidades. ¿Ceguera de la industria, mezquindad? ¿Jugó en contra del director su excesiva modestia?

—Pues ambas cosas. La industria del cine siempre ha sido obtusa y despiadada, en general, y, en el caso de Bava, no respetó que hubiera creado dos géneros que proporcionaron grandes beneficios al sector. Encima, Bava siempre fue modestísimo, nunca se dio la mayor importancia, ni supo venderse, algo fatídico en cualquier artista independiente, pues él jamás creó productora propia, rebotaba de encargo en encargo, de proyecto en proyecto, de productor en productor...

La obra de Bava casi siempre posee una fuerza interna, una pasión, de la que participan sus personajes, los cuales se aman y se odian con locura, con desesperación. ¿Crees que Bava era un gran romántico?

—No lo sé, la verdad. Pero, en última instancia, o sea para los efectos, un artista es lo que hace. Y la obra de Bava delata un romanticismo desaforado y muy, pero que muy especial. Tanto que no podía emanar de alguien ajeno al amor, impermeable a las pasiones, sería naturalmente imposible. 

Las mujeres en el cine de Bava siempre han supuesto un apartado especial, tanto en las actrices escogidas como en sus personajes, magnéticos, terroríficos, apetecibles. ¿Por qué crees que elige Bava a la mujer como máxima expresión, espiritual y estética, de lo perturbador?

—Me parece la consecuencia particular de un atavismo cultural perfectamente latino. O sea, la intensa atracción-repulsión que desde siempre inspira en el macho mediterráneo el género femenino, cómo el deseo se funde con el recelo, la elocuente parábola de la "vagina dentada". Bava era un cineasta muy personal, pero procede de un contexto cultural bien preciso, del que no renegaba y dentro del cual se insertaba con mucho gusto.


Barbara Steele suele recordar a Bava como un hombre dulce, educado, discreto, pero que se comunicaba lo justo con los actores, a quienes consideraba sobre todo como una parte dentro del diseño del film, un elemento más de sus "composiciones"...

—Ciertamente. No era un cineasta que hablara mucho con los intérpretes, que socializara con ellos, en el rodaje, ni que prestara una gran importancia a la dirección de actores, en el estilo. Pero eso sucede con muchos directores. Los que más aprecian a los intérpretes a menudo son quienes lo son también, o lo fueron, o quisieron serlo, tipo Roman Polanski, John Cassavetes, Orson Welles, John Huston, Woody Allen, nuestro Fernán Gómez. A directores como estos sí que les encanta trabajar con los actores, ensayar, repetir, matizar...

Con la espléndida El diablo se lleva los muertos (1973), que Bava inesperadamente firmó en plena decadencia artística, el cineasta factura una de sus obras más bellas, personales e intensas, sin ni siquiera conseguir estreno en Italia. ¿Supuso esta película una rebelión contra todo y contra todos, castigada con la indiferencia?

Sin duda, aunque no me atrevería a afirmar que lo fue de forma expresa. En Bava lo subconsciente es tan importante, o más, como lo consciente, lo que delata resulta tan trascendente como lo que expresa. 

Entre los directores surgidos a la sombra de Bava destaca, y no para bien, el polémico Dario Argento, "ahijado" del cineasta. Sin embargo, Argento goza de una popularidad superlativa, mientras que el genial Bava se mueve casi en restringidos círculos de connoiseurs. ¿Qué tiene que ocurrir para que esta injusticia se repare de una vez por todas? ¿Por qué Argento disfruta de semejante reconocimiento?

—Argento supo venderse muy bien, empezando a jugar con todas las cartas a favor. Es decir, un padre productor, que le consiguió la distribución de Titanus, entonces lo máximo en los circuitos de cine italianos, y la música de Ennio Morricone, el mejor compositor cinematográfico de la historia, amén del despliegue promocional de suponer en quien tiene infinidad de contactos. Añade a eso que fue muy listo, y supo crearse una imagen mediática muy definida, sobre todo entre gente joven, pero también para espectadores de mayor edad y con un cierto nivel cultural. Todo eso se le vino abajo debido a lo bochornoso que es su cine en las últimas décadas; sin embargo, él no pierde su aureola de cineasta maldito y especial, de bien que se la ha trabajado. En cambio, Bava hacía sus películas lo mejor que podía, sin más.


Se ha comentado en diversas ocasiones, con mucha razón, el estupendo ritmo narrativo de tus libros de cine, que enganchan como la mejor de las novelas. Una vez reunida la información, ¿cómo te planteas el desarrollo de un libro, teniendo en cuenta que, básicamente, afrontas una obra de divulgación? ¿Ayuda que los personajes elegidos hayan disfrutado de vidas novelescas, como Jesús Franco o John Phillip Law?

—Hombre, eso efectivamente ayuda, porque hay vidas más agradecidas que otras a la hora de desglosarlas en un libro. Pero tampoco es una garantía, porque si lo haces mal, todo está perdido, hables de quien hables. En cualquier caso, mi planteamiento es siempre el del máximo respeto al lector, pues ha comprado mi libro, y a mí mismo como autor, dado que soy un profesional enamorado de mi trabajo. Partiendo de esta base, procuro aunar la información objetiva con la valoración subjetiva, con un especial cuidado en el tono, que procuro sea fluido y ameno. Que sea particular y no aburra nunca, son mis objetivos prioritarios para mis libros de cine, porque es también lo que busco en los ajenos. En este sentido, no distingo entre escribir un ensayo o una novela, lo que procuro, en primera y última instancia, es atrapar al lector en el primer párrafo y no soltarlo nunca, cuente una historia ficticia o hable de Clint Eastwood.

Doy fe, Carlos, de que lo consigues. Y añadiré que me cabe el honor de haber contado en la Antología del cine fantástico italiano de Quatermass con un excelente artículo tuyo dedicado a Bava. Asumiendo tu admiración desde siempre por su cine, ¿puede verse quizá ese artículo como una especie de ensayo para lo que posteriormente sería este magnífico libro de Cátedra?

Absolutamente. Lo escribí con un altísimo grado de implicación personal, con mucha ilusión, sin poder saber, ni imaginarlo siquiera, que varios años después me serviría de basamento para un libro, de principio a fin. Va a ser cierto lo de "nunca se sabe"...


Siempre has tenido una especial debilidad por Italia, y no sólo por su cinematografía, también en un sentido más íntimo y personal. ¿Puedes explicarnos las razones de esta fascinación por el país transalpino?

Pues esta fascinación, como todas las mías, nació del cine. El cine me formó, no el ámbito familiar, ni la escuela, ni nada de eso. El cine, en mayor medida incluso que los libros, por los cuales siempre he sentido un amor particular. Entonces, como procedo de una generación que creció con el cine italiano muy bien representado en las pantallas, comencé a querer a esa nación gracias a sus películas, pues yo conectaba en especial con esa sensibilidad, ese espíritu, esa mentalidad, esa estética, la música... Todo, en definitiva. Lo cual se corroboró y magnificó la primera vez que pisé Italia, por añadidura, pues aquel viaje abrió un capítulo nuevo en el libro de mi vida, algo que entonces yo necesitaba perentoriamente. Y mi vida mejoró muchísimo a partir de entonces, cuando yo ni siquiera hablaba el idioma. O sea que tengo mucho que agradecer a Italia, en todos los sentidos y desde mi infancia.

Ya que tú fuiste uno de los principales pioneros en la materia con tu mítico Morpho, ¿qué puedes comentar acerca de este boom que parece estar experimentando de nuevo el Fandom consagrado al cine fantástico y, en plena fiebre de internet, editado en papel?  Monster World, Exhumed Movies, El Buque Maldito, La Configuración del Lamento, Amazing Monsters...

—Me gusta mucho, me encanta. Era necesario, debe volver todo eso, debe regresar el mundo de la publicación, las revistas, los prozines, los fanzines... Cuanto antes y a toda costa. Leer en papel determina el mejor sedimento posible del texto en el cerebro, la relación ideal del autor con el lector.

Mil gracias, Carlos, por tu disposición hacia esta entrevista. Y la mejor de las suertes con tus futuros proyectos.

—Gracias a ti, y a toda la gente que me permite seguir insistiendo en esos proyectos, mediante el aprecio que revela por mi obra.


 FILMOGRAFÍA DE MARIO BAVA
1960La máscara del demonio (La maschera del demonio). 1961Ercole al centro della TerraLa furia de los vikingos (Gli invasori / La ruée des vikings), Le meraviglie di Aladino / Les mille et une nuits1962La muchacha que sabía demasiado (La ragazza che sapeva troppo). 1963La frusta e il corpo / Le corps et le fouetLas tres caras del miedo (I tre volti della paura / Les trois visages de la peur). 1964Seis mujeres para el asesino (Sei donne per l'assassino / Six femmes pour l'assassin / Blutige Seide). 1965La strada per Fort Alamo / Arizona BillTerror en el espacio (Terrore nello spazio). 1966Le spie vengono dal semifreddo / Dr. Goldfoot and the Girl BombsOperazione pauraLos cuchillos del vengador (I coltelli del vendicatore). 1967Diabolik (Diabolik). 1969Quante volte... quella notte?Cinco muñecas para la luna de agosto (Cinque bambole per la luna d'agosto). 1970Roy Colt y Winchester Jack (Roy Colt & Winchester Jack), Un hacha para la luna de miel (Il rosso segno della follia). 1971Bahía de sangre (Ecologia del delitto). 1972Gli orrori del castello di Norimberga1973El diablo se lleva los muertos (Lisa e il diavolo / Der teuflische). 1974Cani arrabbiati1977Shock (Shock).

viernes, 22 de marzo de 2013

UN REFLEJO DE MIEDO

Un reflejo de miedo es un muy interesante largometraje de terror psicológico, que debido a problemas de toda índole sufrió un estreno fugaz y tardío en su país de origen. Como consecuencia, el film pasó prácticamente desapercibido en su momento; no digamos ya en España. Una pena, ya que la actriz protagonista, Sondra Locke (una de mis debilidades de juventud, dicho sea de paso), que había sido nominada al Oscar por su primera película, El corazón es un cazador solitario (The Heart is a Lonely Hunter, 1968), mereció mejor suerte y una carrera menos errática, en cuya progresiva y rápida decadencia tuvo bastante que ver el veto que le impuso su airado exnovio Clint Eastwood, sumado a un cáncer que la actriz logró vencer no sin dificultad. Escribí este texto para el libro American Gothic. El cine de terror USA 1968-1980 (Donostia Kultura, San Sebastián, 2007), volumen coordinado por Antonio José Navarro para la Semana de Cine Fantástico y de Terror donostiarra. Aviso: el texto contiene spoilers.
 

UN REFLEJO DE MIEDO (1971)
ME SIENTO EXTRAÑA 

Junto con rarezas como Sombras en la oscuridad (House of Dark Shadows, 1970), de Dan Curtis, Blood & Lace (1970), de Philip Gilbert, Let's Scare Jessica to Death (1971), de John D. Hancock, o Terror at Red Wolf Inn (1972), de Bud Townsend, surge a primeros de la década de los 70 Un reflejo de miedo, segunda película como director del cameraman William A. Fraker (1); son filmes todos ellos ambientados en zonas apartadas, rurales, en los cuales la casa solariega y sus habitantes adquieren tintes siniestros merced a secretos antiguos, larvados en los sombríos sótanos de la conciencia familiar. Alejados de la civilización, paisajes y figuras flotan en un medio de untuosa densidad gótica, caldo de cultivo donde se perpetúan desviaciones físicas, psicológicas y morales. En tan anómalo y rarefacto espacio orbita Un reflejo de miedo, calificado por Carlos Aguilar en su Guía del cine como un film «enteramente maldito». Y no sin razón, como veremos.


La tupida atmósfera victoriana que Fraker teje en su película acierta a proyectar sobre el escenario una abigarrada y decadente mansión en la costa una cualidad intemporal, brumosa, en la que el tiempo parece haberse detenido, pese a ubicarse en fecha contemporánea. El edificio, ocupado por una extraña muchacha, su madre y su rígida abuela, exhibe su condición abiertamente decimonónica en cada detalle de su fachada, en la disposición de las flores del jardín, en la penumbra de unas habitaciones decoradas con tapetes y visillos, en la enorme verja metálica que custodia la finca, en cada una de las mirillas y rendijas dispuestas por toda la casa y a través de las cuales se espían actitudes y conversaciones... El mobiliario y la vestimenta de las propias mujeres (vestidos fin de siècle, camafeos, encajes, cuellos de cisne...) buscan  refugio en otra época, cuya irreversible lejanía, cuya imposible escenificación, quedan patentes en los pesados silencios que las envuelven durante esas tensas horas del té que se pretenden apacibles. Esa turbia textura, ese clima asfixiante, se eleva sobre el papel y alcanza una fisicidad peculiar gracias también a determinados "vicios" estéticos propios del cine de los setenta: teleobjetivos, desenfoques, filtros glamurosos tipo Hamilton, figuras reflejadas en cristales... Su sabia combinación logra efectos mágicos y alucinatorios, sin alcanzar, empero, el barroquismo formal de la también inquietante y coetánea Images (1972), de Robert Altman.

Fraker y sus guionistas, Lewis John Carlino y Edward Hume —adaptando la novela Go to thy Deathbed (Doubleday, Nueva York, 1968), de Stanton Forbes (2)—, emplazan en este ecosistema los contados personajes del drama, unidos casi todos por lazos de sangre. Si en un principio las tres mujeres habitan su particular y atípico núcleo familiar, alimentando un incómodo equilibrio entre el aislamiento y la represión, pronto tan artificial paraíso se ve desestabilizado por la inopinada visita del padre, escritor de éxito y figura desaparecida al poco de nacer su hija, Marguerite, hoy ya una adolescente de 16 años. La familia, así, se reúne tras años de veneno y rencor, abriéndose de nuevo el precipicio entre las dos facciones: la abuela y la madre, ancladas en protocolos y disciplinas obsoletos, y el padre y su actual amante, pareja cultivada y de mundo. En medio, Marguerite, personaje central que genera una irresistible fuerza centrípeta, ejerciendo una atracción abisal sobre todos los demás.
Es aquí donde Un reflejo de miedo toma cuerpo, pues la práctica totalidad del relato gira en torno a la presencia intranquilizadora de la muchacha, sus reacciones, su alterada visión de las cosas. De este modo, la película se abre con la chica recogiendo agua de una charca en diversos tubos de ensayo: tales recipientes y su cenagoso contenido reposan en primer plano, mientras al fondo la gran mansión familiar parece ocultarse tras las impuras muestras. Percibimos, así, en clara analogía visual, la casa como receptáculo de materia ponzoñosa. Un segundo después, la adolescente, ya en su habitación, vierte unas gotas del líquido y observa a través del microscopio el hiperactivo caos de  microbios, protozoos y amebas que bullen al otro lado de la lente. El ojo de Marguerite, inquisitivo, enfermizo, morboso, va a vigilar, al fin y al cabo, cada paso dado en su particular laboratorio por los sujetos del experimento: su propia familia. Así, la primera conversación entre la abuela Julia, la madre Katherine y Michael, el padre, es observada a través de una mirilla oculta en el techo; la reunión se halla, pues, enmarcada en un angosto espacio cuyos límites exteriores son la más total oscuridad. Están siendo minuciosamente escrutados a través de un microscopio... ubicado en los ojos del observador.

Estos recursos, tropos visuales, elementos narrativos que hoy nos pueden parecer simples, se despliegan, sin disimulos mas con elegancia, a lo largo del film en un constante juego de referencias y mensajes alegóricos que ocultan las claves de la intriga. Una segunda lectura que apela a los sentidos, más allá de lo evidente, y que conforma el sustrato mórbido, malsano, sobre el que fluctúan las acciones y las palabras. En este sentido, Un reflejo de miedo abraza lo cinemático y lo literario, propiciando que las sensaciones sugeridas posean tanta o mayor fuerza que el propio avance mecánico de la acción.
Los elementos eróticos cobran, así mismo, un protagonismo fundamental. Y así debe ser, ya que el desenlace del film aporta un curioso giro basado en la confusión de la identidad sexual, que enrarece, aún más, las equívocas relaciones establecidas entre los personajes. La sombra del incesto, la pulsión homosexual, el transexualismo, la pederastia... se extienden, a veces de manera explícita, sobre los atormentados miembros de la familia. Especialmente entre padre e hija. Todas las conversaciones entre ambos se hallan planteadas como el encuentro de una pareja de amantes, y así cada charla a solas se transforma en una perturbadora declaración de amor de Marguerite hacia el padre, en la que se entremezclan la inocencia, la fantasía, el ardor y la seducción, culminando con un beso en los labios de muy distinto significado para los partícipes. Más adelante, la emoción del encuentro furtivo cristaliza junto a la cama de ella, mientras, de rodillas los dos, la muchacha reza sus oraciones infantiles y concierta una próxima cita nocturna con su padre... Días después, tras un picnic en la playa, Marguerite, diabética, le pide al progenitor que sea él quien le inyecte la insulina. «¿Por qué?», pregunta este. «Porque no me dolerá tanto si tú lo haces». La aguja penetrará en su carne como símbolo de la consecución de sus deseos. Fantasías que durante la noche la conducen a sublimar el complejo de Electra masturbándose mientras escucha a Michael hacer el amor en la habitación contigua, a la par que este no puede evitar oír los gemidos de la adolescente. Pero si estas secuencias no se alejan de lo obvio, aún más angustioso resulta el plano que cierra su primer encuentro tras muchos años de alejamiento: ella, ocultada al espectador por las amplias y fornidas espaldas del padre (el actor Robert Shaw, imagen de la virilidad), posa las pálidas manos sobre los hombros de él, y despliega y extiende sus dedos por el cuello, la nuca, como una ameba que recorre, invadiéndolo, el cuerpo de su huésped y víctima.


La dualidad del personaje de Marguerite, quien por fin muestra su verdadera condición sexual masculina tras años de mentiras y ocultación, se encarna en dos personalidades antitéticas receptoras de las influencias generadas por el Psicosis (Psycho, 1960) de Hitchcock— que pugnan, en constante conflicto, por prevalecer: la muchacha dulce, desvalida, de piel blanca, cabellos rubios y grandes ojos oscuros, artista sensible, voraz lectora de libros científicos, y su alter ego, Aaron, un adolescente posesivo, de voz sarcástica y susurrante, enlutado para pasar desapercibido en la sombra, y extremadamente violento, capaz de asesinar con saña, y prácticamente indestructible —excelente la secuencia en la que Marguerite destroza el muñeco en el que ha personalizado a su otro yo: la cámara recorre, en la oscuridad, los restos mutilados, pero, al fondo de la estancia, la negra silueta de Aaron se incorpora y alza, en silencio, lentamente, ante los ojos desorbitados de ella—. Antes, la muchacha se peina frente al espejo: la imagen que devuelve el cristal incluye al sosias maligno, inerte, sentado al borde de la cama; así, ambas figuras, una sola, comparten plano en una alternativa dimensión paralela, donde la imaginación convive con el horror y los deseos reprimidos. Finalmente, Michael penetra en los estrechos pasillos que horadan la casa ocultos tras los falsos muros; laberinto herrumbroso y oscuro que no es sino la mente perturbada de su hija, donde ella se arrastra, grita y convulsiona en el trance que significa ser, en idéntico cuerpo, en una misma mente, él y ella. Pero tal y como delata el mimo de la puesta en escena, Fraker no se emplea demasiado en ocultar las claves para la resolución del enigma (la dualidad sexual de su protagonista y la identidad del asesino), esforzándose, por el contrario, y con éxito, en mantener viva la pegajosa atmósfera de insania que marca el tono turbador, alucinado, melancólico, sutilmente sórdido de la película.


Tal escabrosidad de contenidos se reveló incómoda para Columbia, estudio que en 1971 financió el rodaje y durante dos años mantuvo la película oculta, arrinconada en los archivos, sin saber exactamente qué hacer con ella. Dos largos años en los que los conflictos se sucedieron, truncando la carrera como director cinematográfico de Fraker —sin incluir sus ocasionales realizaciones para televisión sólo firmó un largometraje más, y diez años después—. Supuso incluso un escollo para la protagonista, Sondra Locke, quien, nominada al Oscar como mejor actriz de reparto tan sólo un par de años antes, veía su magnífica interpretación de la esquizofrénica Marguerite relegada al olvido. Ella misma recordaba en sus memorias, The Good, the Bad and the Very Ugly: A Hollywood Journey (William Morrow & Co., Nueva York, 1997), cómo las injerencias del estudio durante la filmación impidieron la inclusión de algunas escenas: se rodaron planos en los que la chica revelaba completamente su cuerpo masculino, mas Columbia se negó a incluirlos alegando que «Sondra no puede mostrarse con un pene». Por fin, la película fue severamente cortada y remontada véase el telegráfico final— para eludir el estigma de la calificación R (Restricted) y alcanzar la mucho más benigna PG (Parental Guidance Suggested), otorgadas por la poderosa y puritana MPAA (Motion Picture Association of America), estrenándose de tapadillo en Nueva York en febrero de 1973, en programa doble con The Creeping Flesh (1972), que Freddie Francis había firmado para la británica Tigon Pictures.
Pese a haber gozado de una lejana edición en VHS presentada por Sony en 1989 y que, como era costumbre, no respetaba su formato original—, han tenido que pasar algo más de veinte años para que alguien rescatase tan sugestivo título en DVD (no obstante, esta edición española de 2008 a cargo de Columbia desprecia, una vez más, el formato de rodaje). En efecto, su condición de film maldito no le ha abandonado con el paso de las décadas. Tanto es así que cuando en marzo de 2003 se proyectó una copia nueva en la American Cinematheque de Los Angeles, evento al que asistieron en calidad de homenajeados el propio Fraker y su protagonista Locke, sólo una veintena de espectadores disfrutaron de la película. En una sala habilitada, por cierto, para más de seiscientas almas...

Notas
1.- William A. Fraker nació en Los Angeles, California, en 1923. Hijo de un fotógrafo de escena de Columbia Pictures, tras servir como guardacostas durante la Segunda Guerra Mundial se graduó en 1950 por la Universidad de Southern California (USC), donde estudió en el Departamento de Cine con el profesor Slavko Vorkapich (1894-1976), cineasta serbio emigrado a los Estados Unidos. Fraker comenzó como ayudante de cámara en 1953, trabajando asiduamente en TV y llegando a ser asistente del gran Conrad L. Hall en diversas teleseries y largometrajes. Inició su carrera como director de fotografía en 1961, firmando como tal más de cincuenta títulos, entre televisión y cine. Nominado al Oscar en cinco ocasiones, ha dirigido tres películas -Monte Walsh (Monte Walsh, 1970), Un reflejo de miedo y La leyenda del Llanero Solitario (The Legend of the Lone Ranger, 1981), fotografiada la primera por David M. Walsh y las dos últimas por Laszlo Kovacs- y algunos telefilmes, incluido un episodio de la serie de Chuck Norris Walker, Texas Ranger (Walker, Texas Ranger, 1993-2001). Fraker ha sido presidente de la American Society of Cinematographers (ASC) y miembro honorario de la Society of Operating Cameraman (SOC). Falleció en mayo de 2010.
2.- El título de la novela, Go to thy Deathbed, se corresponde con uno de los versos que canta Ofelia en la escena V del acto IV de Hamlet, cuando, enloquecida, rememora la muerte de su amado padre. La escritora Deloris Stanton Forbes nació en Sanford, Florida, en 1923. Su primera novela, Analissa, fue publicada en 1959 y firmada con uno de sus varios seudónimos, Forbes Rydell. En su ciudad natal regentó una boutique, a la par que colaboraba como locutora de radio, editaba un periódico local y escribía sin pausa novelas y relatos de misterio, en una producción ciertamente prolífica.

UN REFLEJO DE MIEDO (A Reflection of Fear, 1971)
EE.UU. 89 minutos
D: William A. Fraker. P: Howard B. Jaffe para Columbia Pictures. G: Lewis John Carlino y Edward Hume, basado en la novela de Stanton Forbes. F: Laszlo Kovacs. M: Fred Myrow. Mo: Richard Brockway. Dis. prod.: Joel Schiller.
CAST: Sondra Locke (Marguerite), Robert Shaw (Michael), Sally Kellerman (Anne), Mary Ure (Katherine), Signe Hasso (Julia), Mitch Ryan (Inspector McKenna), Gordon Devol (Hector), Victoria Risk (Peggy), Michael St. Clair (Kevin), Liam Dunn (Encargado morgue), Michelle Marvin (Enfermera), Leonard John Crofoot (Aaron).

miércoles, 20 de marzo de 2013

LOS COLABORADORES DE "QUATERMASS"

TODOS SON "QUATERMASS"

Con esta entrada os notifico que el pasado 17 de marzo, domingo, he añadido en este blog (esquina superior izquierda) una pestaña, de nombre Colaboradores Quatermass, mediante la cual podéis acceder a una nueva página en la que, alfabéticamente, he incluido las biografías de todos los escritores que a lo largo de la vida de Quatermass habéis contribuido con vuestros textos a alimentar mi publicación, que es la vuestra. Grandes profesionales cuyos conocimientos y trabajo admiro, y de cuya amistad disfruto además en numerosos casos.


Naturalmente, si alguno de los consignados detectáis algún error o carencia en vuestras respectivas biografías no dudéis en comentármelo y procuraré solventarlo lo antes posible; así mismo, si queréis añadir una fotografía allí donde no figure ninguna, o mejorar la que he insertado, sólo tenéis que hacérmela llegar y con mucho gusto la reemplazaré. De igual modo, estaré al tanto para ir actualizando debidamente los datos reseñados en vuestros perfiles.
Te animo, amigo lector, a que visites esta nueva sección y conozcas el trabajo de los cerca de noventa magníficos profesionales que han firmado en las páginas de Quatermass y que abarcan nada menos que ocho nacionalidades: escritores españoles, italianos, británicos, irlandeses, franceses, canadienses, estadounidenses y japoneses.
Y a vosotros, amigos colaboradores, os envío, con cariño, un fuerte abrazo.

viernes, 1 de marzo de 2013

KISEKI (MILAGRO)

El presente artículo vio la luz en el nº 19 de Revista de Cine (noviembre 2012), publicación anual del Cine Club de la UNED en Soria, con la que colaboro desde 2009 redactando las reseñas críticas de algunas de las películas que conforman la programación de esta institución veterana. En este caso, rescato aquí mi texto para Kiseki (Milagro), delicioso largometraje de Hirokazu Koreeda en clave de drama intimista, donde el mundo de los adultos se funde y confunde con el de la infancia, a la par que propone una interesante reflexión acerca de la convivencia entre tradición y modernidad en el seno del nuevo Japón.
 

KISEKI (MILAGRO)
LOS NIÑOS DEL TREN BALA 

Para el común del público occidental continúa siendo un misterio la filmografía nipona, más allá del anime (cine de animación japonés), fenómeno cinematográfico-televisivo que ha sorteado las fronteras de su país de origen de manos de autores reconocidos como Osamu Tezuka, Hayao Miyazaki o Katsuhiro Otomo. Popularidad que incluso alcanza importancia sociológica al constituir una parte fundamental de la cultura de masas, sustentada en el interés que en el imperio del sol naciente suscita el manga (su particular visión del cómic). Así, el resto del planeta se rinde ante estas manifestaciones del arte del entretenimiento. No ocurre lo mismo con el cine de imagen real procedente de Japón, por mucho que nos lleguen, con cuentagotas, las obras de cineastas actuales como Takeshi Kitano, Yôji Yamada, Hideo Nakata, Takashi Miike y un puñado más de realizadores que como anteriormente Kurosawa, Honda, Imamura, Oshima o Fukasaku, tuvieron la inmensa dicha de ver estrenadas en suelo español algunas de sus obras. El resto de directores pasa por los festivales internacionales cosechando gloria, pero fuera del alcance de nuestras salas de cine, para recluirse, con suerte, en el mercado del DVD. Tal discriminación facilita, como digo, el desconocimiento que de la cinematografía japonesa sufre la inmensa mayoría de los espectadores. Propiciado, también, por las diferencias culturales y sociales que dificultan el entendimiento entre Oriente y Occidente.
 

Esa brecha, no obstante, se cierra en estos tiempos de globalización, acercando ambas orillas para constatar que unos y otros no somos tan distintos. En realidad, nunca lo hemos sido. Por eso, aproximarnos al cine de Hirokazu Koreeda nos ayuda a entender mejor la coetánea sociedad nipona, donde la generación nacida en la década de los 60 establece un puente entre las tradiciones más arraigadas del antiguo Japón y la modernidad. De ahí que cineastas como Koreeda, perfectamente inmersos en la actualidad global, presten una especial atención al mundo sugerente pero arcaico que sus padres y abuelos aún veneran, mostrando en sus películas el avance de lo contemporáneo sobre lo ancestral. Pero lo hacen con especial cariño, pues saben que los aromas de la sabiduría antigua no pueden desaparecer bajo el prosaico e insípido color de lo actual. La clave está en fusionar los valores de ambas épocas, buscando una intuitiva armonía entre el ayer y el hoy. Kiseki (Milagro) ahonda en ese preciso punto espacio-temporal donde se pretende hallar el mencionado equilibrio, y lo hace con tierna ironía: uno de los niños protagonistas vive con su madre y abuelos en la ciudad de Kagoshima, lugar apacible de la isla de Kyushu levantado a la sombra de un volcán cuya actividad cubre cada día de fina ceniza edificios y calles; un poso antiguo que los vecinos, viejos y jóvenes, aceptan con resignada indiferencia, pues la vida sigue y lo ancestral permanece convertido en polvo milenario.
 

La memoria y la familia son, pues, elementos que Koreeda dispone en Kiseki (Milagro), como ya había hecho antes en Nadie sabe (Dare mo shiranai, 2004) o Still walking (Caminando) (Aruitemo aruitemo, 2008): «La familia es un tema en el que estoy pensando siempre. Se trata de una cuestión cercana a todas las personas, y en la que surgen siempre problemas. Hay mucho sobre lo que reflexionar, y esto se refleja en mis películas. [...] Cuando rodé "Nadie sabe", estaba soltero y vivía con mis padres. En el caso de "Still walking" mis padres habían fallecido y me había casado. Ahora, con "Kiseki (Milagro)", tengo una hija, lo que hace que mire la familia de modo diferente. [...] Entonces surge la pregunta: ¿cómo tiene que ser un padre que no puede estar mucho tiempo con sus hijos? Por esta razón me encuentro todo el tiempo pensando en el tema de la familia» (1).
 

Kiseki (Milagro) afronta esta preocupación con extrema delicadeza, pero con una sorprendente liviandad, un sano optimismo que viene a reflejar esa evolución personal a la que alude el propio Koreeda. Aquí los adultos son mostrados como seres atolondrados, indecisos, emocionalmente infantiles: ese padre separado comportándose como un adolescente inmaduro, preocupado únicamente de su guitarra y su grupo pop; la madre débil que necesita el apoyo de la abuela; el abuelo jubilado empeñado en fabricar dulces tradiciones; la juvenil profesora que acude al colegio sin calcetines; la pareja de ancianos que vive de sus recuerdos y cree reconocer en su nieta a la hija ausente... Por el contrario, los protagonistas son los niños, nietos e hijos de los anteriores, espíritus inquietos y resolutivos, capaces de tomar el mando de sus propias vidas, aunque sea durante un breve espacio de tiempo, infringiendo las normas y en base a fantasías que ante sus ojos se tornan certezas. De este modo, los pequeños emprenden un viaje hacia la localidad donde dos trenes bala se encontrarán, momento en el que, según la leyenda, se cumplirán los deseos que formules en el mismo instante de cruzarse los convoyes. Pocas veces, por cierto, el cine actual ha plasmado un fragmento de magia tan intensa y fascinante como la de ese momento irrepetible.
 

Coincidiendo con su estreno, o su pase por festivales, la crítica no ha desaprovechado ocasión de relacionar las películas de Koreeda con el cine de ilustres antecesores como Yasujiro Ozu, Hiroshi Shimizu y Mikio Naruse, considerados, no sin razón, los grandes cronistas de la familia tradicional nipona. Algo de esto hay, en efecto, en la obra de Koreeda, quien también ha cultivado el documental (y confiesa admirar a Ken Loach, otro cineasta de estilo "veraz"). Esa proximidad que emana su obra proviene, seguramente, de esta faceta. Se acentúa así en su cine, título a título, una diáfana frescura que suplanta la eventual gravedad de otros largometrajes previos. Pero lo sorprendente, o quizá no tanto, son los paralelismos entre Kiseki (Milagro) y esa ingeniosa radiografía de la sociedad japonesa a través de la familia que es la longeva serie de animación Shin Chan (Kureyon Shin-chan), iniciada en 1992 y aún hoy en antena. Ambos trabajos comparten la visión crítica  amable en el caso de Koreeda, ácida en el del anime basado en la creación manga de Yoshito Usui sobre esta institución, otorgando el protagonismo y la fuerza a los infantes y retratando a los mayores como auténticos pipiolos. Las coincidencias entre el trabajo de un realizador ya consagrado y la polémica (pero exitosa e incisiva) teleserie me hacen pensar que sin duda muchos creadores son conscientes de las múltiples disfunciones que condicionan la vida del japonés de clase media. Ciudadano que a través de la gran o pequeña pantalla se observa a sí mismo, entre la perplejidad y la aceptación, incapaz de reaccionar ante los estímulos de un mundo cambiante, en el que los adultos parecen haber tirado la toalla mientras la infancia aprende por sí misma a romper, para no repetirla, la abulia de sus displicentes mayores.


Notas
1.- José María Aresté: "Hirokazu Koreeda, ganador moral de la Concha de Oro", entrevista en www.dezine21.com (24 de septiembre de 2011).

KISEKI (MILAGRO) (Kiseki, 2011)
Japón. 128 minutos
D: Hirokazu Koreeda. P: Kentaro Koike y Hijiri Taguchi para Bandai Visual Company, RCC y Eisei Gekijo. G: Hirokazu Koreeda. F: Yutaka Yamasaki. M: Quruli. Mo: Hirokazu Koreeda.
CAST: Koki Maeda (Koichi), Ohshirô Maeda (Ryunosuke), Ryôga Hayashi (Tasuku), Seinosuke Nagayoshi (Makoto), Kyara Uchida (Megumi), Kanna Ashimoto (Kanna), Rento Isobe (Rento), Nene Ohtsuka (Madre), Jô Odagiri (Padre), Isao Hashizume (Abuelo), Kirin Kiki (Abuela).

domingo, 3 de febrero de 2013

CONTRA EL TIEMPO

Me ha resultado interesante este documental que firma José Manuel Serrano Cueto. Además, entre los libros que se muestran a lo largo del metraje, observo con orgullo que surgen diversas páginas de la Antología del cine fantástico español que edité en el otoño de 2002. Así mismo, el propio Serrano Cueto colaboró con varios textos en mi posterior Antología del cine fantástico italiano. Por lo tanto, me complace reseñar aquí esta película que contra viento y marea ha dirigido bajo modestas condiciones de producción y con la que, pese a las mil dificultades de un rodaje accidentado, ha obtenido una nominación al Goya en la categoría de mejor documental. En pocos días sabremos si la Academia del Cine Español le otorga el galardón. Mientras tanto, me permito verter aquí mis impresiones acerca de este meritorio trabajo.


CONTRA EL TIEMPO

Qué descuidados somos en este país con lo nuestro. Lo sabemos bien quienes durante años hemos luchado por recuperar la memoria histórica del cine europeo, en general, y del español y sus artífices, en particular. Sobre todo la de sus hijos menos favorecidos por la notoriedad y la fama. Por este motivo me atraen en especial las publicaciones consagradas a la época dorada de nuestro cine de género, coincidente, además, con los años de esplendor de la coproducción europea, las décadas de los 60 y 70 del siglo XX. Un periodo fructífero repleto de rostros fascinantes, peculiares, carismáticos. Los de los actores y actrices secundarios; o de reparto, como algunos prefieren denominarse.
Mucho menos comunes que las ediciones en papel resultan los trabajos audiovisuales. Así como en el mundo anglosajón es habitual la veneración a sus actores, desde todos los ámbitos y con un marcado carácter mitómano, en España apenas existe esa inquietud por reconocer la magnífica labor de nuestros incombustibles cómicos. ¿Y a qué es debida esta desidia, incluso latente en el seno de la propia industria? Carlos Aguilar coautor junto a Jaume Genover del imprescindible Las estrellas de nuestro cine (Alianza Editorial, Madrid, 1996), con no poca agudeza aventura que «el cine, por un lado, siempre ha sido un arte popular, de masas [...] formando parte de la cotidianidad. Y, por otro, tiene un componente industrial/comercial tan obviamente corrupto para todo el mundo que le impide acceder a la absoluta respetabilidad cultural» (1). Lo popular se confunde con lo vulgar y permanece el concepto de entretenimiento llano para público poco exigente, etiquetas que estigmatizan buena parte de la producción obstaculizando así la senda hacia el reconocimiento.
Por eso valoro con admiración el trabajo de José Manuel Serrano Cueto. Gaditano que a sus 37 años ha dedicado diversos proyectos, tanto literarios como fílmicos, a esta reivindicación cuyo esfuerzo pretende restablecer la dignidad profesional que se merecen nuestros maravillosos actores secundarios. Su último logro, dentro del cine de no ficción, se titula Contra el tiempo.


UN DURO PROCESO
Todo empieza en 2006 con Río seco, cortometraje que Serrano Cueto rueda con Aldo Sambrell; la idea original, y que entonces no prospera, consiste en levantar un documental de largometraje sobre sus queridos y respetados actores de reparto, pero no es hasta 2009, fecha en la que se involucra el productor Carlos Taillefer, que da comienzo el proceso de preproducción, culminado en abril del año siguiente con el primer golpe de claqueta durante el Festival de Cine de Málaga. El rodaje se extiende a lo largo de dos años, con parones incluidos debido, entre otros imponderables, a la falta de financiación, pues se lleva adelante sin ningún tipo de ayuda pública o privada. Durante este proceso el trabajo se amolda a las circunstancias, propiciando modificaciones en el hilo argumental, una sucesión de entrevistas a veteranos de la pantalla; finalmente reducidos a seis de entre los muchos con los que se llega a contactar: Lone Fleming, Antonio Mayans, Ricardo Palacios, Fernando García Rimada, Carlos Bravo y Mabel Escaño. Dificultades económicas y logísticas impiden que los inicialmente previstos Frank Braña, Eduardo Fajardo, Claudia Gravi, Mirta Miller, Antonio Pica y Jack Taylor puedan comparecer. Así como Aldo Sambrell, cuyo fallecimiento cercena su inclusión en el film (mas no una emotiva aparición merced a unas previas grabaciones domésticas).
El esquema inicial de entrevistas se mantiene, pero las carencias financieras obligan a ingeniar una curiosa subtrama: el actor Antonio Mora, en principio contemplado para una labor episódica, cobra mayor protagonismo, y de una intervención menor como entrevistador de García Rimada pasa a sostener las charlas con Ricardo Palacios, Antonio Mayans y Carlos Bravo. Se convierte así el joven intérprete en emblema de la nueva generación de actores, en busca de las claves de la profesión mediante su encuentro con los más veteranos; un hermoso detalle al que se suma la conmovedora historia en torno a la camisa hawaiana que un enfermo Sambrell ha regalado tiempo atrás a Serrano Cueto: si Antonio Mora regresa de su viaje vistiendo la llamativa prenda, significará que la entrevista con el actor madrileño no ha podido llevarse a cabo... Como así ocurre, pues el 10 de julio de 2010 le falla el corazón al fiero pistolero de tantos e inolvidables eurowesterns.

Por desgracia, no será la única baja. Contra el tiempo se estrena el 6 de octubre de 2012 en el Festival de Sitges, dentro de la sección Brigadoon y con presencia de Lone Fleming; pero ocho días después, coincidiendo con la clausura del certamen, se conoce el fallecimiento de Fernando García Rimada, quien arrastraba una larga y penosa enfermedad. Serrano Cueto recibe con profunda tristeza la noticia: «Hablé con él hace un par de semanas, conversamos sobre Contra el tiempo, que se va a proyectar en noviembre en el cine Albéniz y quedamos para que asistiera al estreno. Era un hombre extraordinario, muy cariñoso [...] con un rostro genial. Me acuerdo de cuando se estrenó 1492, la conquista del paraíso y la revista Fotogramas lo eligió Rostro del Mes. Y eso que no tenía ni diálogo en la película. [...] Fue un hombre discreto, muy británico, muy cortés» (2).
A finales de ese mismo mes la película se proyecta en la sala de la madrileña Fundación AISGE, en un pase especial para actores, y a partir de ahí comienza su difusión en las más variopintas pantallas; sólo en noviembre se exhibe en la sala Berlanga de Madrid, en el cine Albéniz de Málaga, en el madrileño cine Artistic Metropol... Y a los pocos días accede al portal legal de visionado de películas Filmotech, donde por menos de tres euros queda a disposición del espectador. Por si fuera poco, en diciembre de 2012 la 2 de TVE emite un reportaje sobre la película dentro del programa La aventura del saber, donde José Manuel y Lone responden a las preguntas de la presentadora María José García. Previamente, en abril del mismo año, se ha publicado en formato libro el diario de rodaje, a cargo de la novel editorial Tyrannosaurus Books. La promoción de Contra el tiempo se desarrolla implacable también con el apoyo de las redes sociales...
Pero aún le esperan más sorpresas a este documental que, poco a poco, con modestia, ha ido encontrado su espacio: en enero de 2013 es nominado primero al Goya en su categoría de no ficción y después a la Medalla del Círculo de Escritores Cinematográficos. En el primer caso, compitiendo contra Hijos de las nubes: la última colonia, de Álvaro Longoria, Los mundos sutiles, de Eduardo Chapero-Jackson, y Mapa, de León Siminiani; en el segundo luchando contra Las constituyentes, de Oliva Acosta, Testigo involuntario: Nicolás Redondo, de Iñaki Arteta, y, de nuevo, contra el film de Longoria. El resultado de este pulso se conocerá, en el caso de la Academia de Cine, el día 17 de febrero, y respecto al CEC, el 11 de este mismo mes.


CORAZÓN CINÉFILO
Serrano Cueto, respetuoso, mantiene el plano, consintiendo un tenue estremecimiento de la imagen. Retrata los rostros de sus actores con sosegado aplomo, dejando que expresen serenidad, permitiendo que la sabiduría aflore en sus expresiones diáfanas, sus palabras plácidas, templadas. La mano fugaz de Carlos lía un cigarrillo, reposa junto al cenicero, goza frente a la cámara. Los ojos azul celeste de Lone recorren la arcilla, buscando formas que la espátula define al detalle. La voz de Ricardo, irónica, resuena en la penumbra del despacho, mencionando a Lee Marvin, Charles Bronson, Toshiro Mifune. La gentil humanidad de Fernando se despliega y nos envuelve, sentados, junto a él, frente al álbum fotográfico. El seductor encanto de Antonio revela cercanía y perspicacia en cada gesto, delata al profesional acostumbrado a todo. Y pasea mientras tanto Mabel por el jardín de Puerta Oscura, oliendo a azahar en primavera. Aldo se calza el sombrero.
Cada plano de la película denota consideración y cariño hacia sus actores, les arropa y dulcifica en el retiro que ahora disfrutan, algunos sin intención de abandonarlo y otros dispuestos a volver a primera línea de plató. Remueve la película sus recuerdos con delicadeza, mediante un trabajo de cámara que aboga por la sencillez, un montaje sutil, invisible, que enlaza instantes con suave armonía, logrando secuencias mágicas: esa charla entre Lone y la niña, que interroga a la mujer sobre su currículum artístico ("¿Cuántas películas has hecho, más o menos?". "He trabajado en treintaytantas películas". "¡Eso son muchas!"); ese paseo de Mabel y Carlos, enlazados por el brazo, cruzando el inmenso jardín ("Aquí venía yo con mis primeros novios a contarnos nuestros amores y a recitarnos versos"); el momento en que Carlos entona bajo las estrellas la canción de Lucienne Delyle ("Oh Luna rossa reine des nuits, du haut des cieux toi qui me souris")...


Contra el tiempo focaliza su homenaje a los veteranos actores y actrices de aquella época extraordinaria en la figura de siete profesionales que reflexionan sobre el oficio de actor y el incansable decurso de sus prolíficas carreras (con la excepción de García Rimada, rara avis que llegó muy tardíamente a la pantalla y desarrolló una breve filmografía). En cualquier caso, los heterogéneos orígenes profesionales y geográficos de los siete actores visitados se unifican bajo el manto de una actividad frenética, trotamundista, en todo tipo de producciones, buenas, regulares y peores, cuya singular variedad conceptual y artística gozó de su arrolladora personalidad y su inagotable entusiasmo, en todos los géneros imaginables: el madrileño Aldo Sambrell encarnando malcarados cowboys en Villa cabalga (1968, Buzz Kulik), sádicos combatientes de la II Guerra Mundial en La brigada de los condenados (1970, Umberto Lenzi) o momias milenarias vueltas a la vida en Vudú sangriento (1973, Manuel Caño); la danesa Lone Fleming aterrorizada por espantos sin cuento en La noche del terror ciego (1971, Amando de Ossorio), Una vela para el diablo (1973, Eugenio Martín), Malocchio (1975, Mario Siciliano); el valenciano Antonio Mayans, por siempre unido a la carrera de Jesús Franco en La noche de los asesinos (1973), La tumba de los muertos vivientes (1981) o Camino solitario (1983); el marroquí Carlos Bravo, fornido y dispuesto siempre para la acción en Un par de asesinos (1970, Rafael Romero Marchent), Una ciudad llamada Bastarda (1972, Robert Parrish) y Robin Hood nunca muere (1974, Francesc Bellmunt); el cántabro y orondo Ricardo Palacios, de presencia ubicua en docenas de películas, desde Fu-Manchú y el beso de la muerte (1968, Jesús Franco) hasta El hombre de Río Malo (1971, Eugenio Martín), pasando por Sol rojo (1970, Terence Young); Fernando García Rimada, desde la capital del reino entrevisto en La Lola se va a los puertos (1993, Josefina Molina), La leyenda de la doncella (1994, Juan Pinzás) o Airbag (1994, Juanma Bajo Ulloa); la malagueña Mabel Escaño, sensual e irresistible en El libro de buen amor (1975, Tomás Aznar), Madrid, costa Fleming (1976, José María Forqué), La boda del señor cura (1979, Rafael Gil)...
Qué descuidados somos en este país con lo nuestro. Qué poca atención prestamos a quienes nos han endulzado las horas de ocio, a aquellos cuya compañía ha alimentado tantos momentos de evasión en épocas clave de nuestra vida. Cuántos pesares se han mitigado gracias a ellos, cómo hemos disfrutado con su trabajo. Cuán rápido nos ha latido el corazón riendo, gritando, haciendo manitas frente a sus primeros planos, asistiendo a tiroteos y cabalgadas en ciudades fronterizas perdidas en el desierto. Temblando de emoción ante un beso de tres por diez metros, en techniscope. Riendo a mandíbula batiente con enredos de parejas. Saltando con ellos de rama en rama a través del bosque de Sherwood, aspirando tierra y polvo en primera línea del Alamein almeriense.
Desde entonces no se ha detenido el reloj, avanza el calendario y se solapan las décadas. Pero no luchemos contra el tiempo, pues alimenta la memoria, enriquece los recuerdos, potencia las emociones, sublima toda evocación. Las acrisoladas imágenes de este documental lo sugieren: el tiempo está de nuestra parte. Y yo estoy dispuesto a creerlo.

Notas
1.- Javier G. Romero: "Carlos Aguilar, viaje al centro de la cinefilia", entrevista en Opus Cero, nº 8 (Bilbao, enero 2000), pág. 53.
2.- Víctor A. Gómez: "Adiós a Fernando García Rimada", en el diario La Opinión de Málaga (17 de octubre de 2012)

CONTRA EL TIEMPO (2012)
España. 90 minutos
D: José Manuel Serrano Cueto. P: Carlos Taillefer para Utopía Films. G: Montse Gómez y José Manuel Serrano Cueto. F: Jesús Haro y Jokin Pascual. M: Dolores Serrano Cueto. Mo: Jesús Ramé.
CAST: Carlos Bravo, Mabel Escaño, Lone Fleming, Fernando García Rimada, Candice Kay, Antonio Mayans, Antonio Mora, Ricardo Palacios, Aldo Sambrell, Jimena Sancho, José Manuel Serrano Cueto.